jueves, 31 de diciembre de 2009

Dos mil nueve

Finalmente, y como era de esperarse, se terminó el año, así que bueno, veamos qué cosas dejó.

Tuve la suerte de poder ir a ver bandas grosas a las que les tenía ganas desde hace mucho tiempo, como por ejemplo Radiohead y Depeche Mode. También salieron discazos muy esperados como los nuevos de Muse y Cerati. Fue el año también en que volví a componer una canción después de mucho tiempo, con música y letra.

Pero también era un año al que le tenía fe y le puse muchas expectativas. Venía de un 2008 que me animo a decir fue el peor año de mi vida, y por ende el 2009 tenía que ser mejor sin lugar a dudas. Y lo fue, pero tampoco es para hacer espamento. Daba por hecho que en este año, con título en mano, iba a poder hacer un cambio laboral, cosa que nunca pasó. Conocí a Victoria, y si, en un principio me ilusioné. Fueron unos cuantos días en que debo reconocer que la pasé bien, pero después todo empezó a descarrilarse, y no llegó a pasar de eso, de unos cuantos días. Si hay una mínima chance para que las cosas salgan mal, va a pasar… o quizás simplemente eso no se tenía que dar, para mantener así el equilibrio del cosmos y preservar el futuro del universo. Si es así, bienvenido sea.

Un año con muertes cercanas de por medio, pérdidas que siempre son dolorosas, así como también de algunos reencuentros, de retomar diálogos que de alguna u otra manera habían sido interrumpidos.

Y por supuesto las grandes amistades que siguen estando siempre ahí, firmes, con quienes compartimos momentos, charlas, cervezas y alguna que otra agua saborizada.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Karma Police VII

Previously on Karma Police:
Me hacen subir a un patrullero y me llevan para atestiguar un procedimiento en la casa de un loco. El grupo GEO entra a la casa y el canadiense se entrega. Después del operativo nos llevaron a la comisaría...


Me senté en el banco. Las pseudo conversaciones con la mujer del canadiense se reiteraron en más de una oportunidad, y a medida que pasaba el tiempo fui dandome más al diálogo. El otro testigo no participaba mucho, en parte porque estaba más alejado, y por otra parte porque ella me empezaba a hablar a mi. Le pidió un cigarrillo a uno de los policías. Los minutos corrían. Un par de personas que estaban en la recepción de la comisaría cuando nosotros llegamos, se habían ido. Oficiales entraban y salían todo el tiempo. Hubo una discusión llevada a cabo por algunos miembros de la fuerza policiaca en una de las oficinas del fondo, pero los gritos se escuchaban. Ella pidió otro cigarrillo, y se sentó al lado de la ventana entreabierta para que las cenizas no caigan adentro. Alguien nos preguntó si el domicilio que figuraba en el DNI era el actual. Entraba y salía gente que aparentemente iba a visitar a alguien que estaba ahí. Un oficial que estaba en otra oficina la llama a la mujer. Más gente entraba y salía. De fondo se escuchaba el radio de comunicación. Todavía había claridad en el cielo. El reloj avanzaba, pero a su vez el tiempo se hacía eterno. Hubo recambio de personal, que arrancaba su horario laboral. Ella salió de la oficina y volvió a sentarse en el mismo banco que yo. Un perro viejo aprovechaba el ingreso o egreso de alguna persona al edificio, para hacer lo mismo. El radio constante se empezaba a volver cansador. Otro policía preguntó cuál era la ocupación mía y del otro testigo. Cada tanto se escuchaba alguna llamada de atención por parte de un superior. Otra vez ingresa alguien. El perro da vueltas para acostarse sobre una manta revuelta que estaba cerca de una estufa. Ella nuevamente fue llamada a declarar. El radio no descansaba. Algún policía se iba en uno de los patrulleros. El reloj seguía avanzando. Ella sale de la oficina, y me dice que tenía que ir yo a declarar. Entro, y un oficial me pide que le cuente lo que pasó, mientras él lo va escribiendo en una PC. Terminado esto, lo imprime con una obsoleta tecnología de matriz de punto, que hacía interminable el proceso. Pedí permiso para ir al baño. Cuando salgo del mismo, el otro testigo estaba dando su declaración. Me siento en el banco. Ella estaba tomando algo caliente en una taza, y por primera vez le vi cara de haber caído en la situación en la que se encontraba. Tenía ojos llorosos. Terminó de tomar, y fue a dejar la taza. Pidió un nuevo cigarrillo. El otro testigo salió y se fue. Viene el oficial que tomó la declaración, y me pide que le firme la hoja. Me agradece y me da la mano. Ella estaba de pie al lado mio, también me da las gracias, me da la mano levemente humedecida, me saluda con un beso, me pregunta mi nombre, nuevamente me agradece y me pide perdón por todo el tiempo que estuve ahí. Le dije que no había problema, y le desee mucha suerte. Salí a la calle, y fue como haber recuperado una libertad, que en realidad siempre tuve... supongo. Habían pasado tres horas desde que llegamos a la comisaría, y 4 en total, desde que subí al patrullero. Ya era de noche, y estaba más lejos de casa que cuando fui interceptado por la policía. Pero eso era lo que menos importaba. Sentía paz de estar nuevamente en la calle, y tener libertad para seguir mi camino. Treinta minutos de caminata más tarde estaba llegando a casa, pero en todo el trayecto no pude evitar pensar en cómo seguirían los días de ella. Yo estuve participando de un operativo en contra de mi volutand por cuatro horas, pero al salir a la calle todo recobraba su normal acontecer. Pero para ella no iba a ser así. Hubo definitivamente un quiebre en su vida, y ahora iba a costar acomodar las fichas.
hoy me di cuenta que desde el colectivo se ve la puerta de su casa.

FIN

lunes, 28 de diciembre de 2009

No hay por qué ganar

Días atrás me dejaste confundido con tu repentina aparición y el beso que me diste. En ese entonces me permití desconfiar de la situación, y ahora es el momento en el que digo que odio tener razón.

Nuevamente te hiciste presente. Yo estaba muy tranquilo esperando el comienzo de un recital, cuando me doy vuelta y ahí te veo, acercándote como si nada de la mano de tu novio. No esperaba encontrarte en ese lugar, o tal vez solamente haya sido una pretensión, porque en el fondo tenía cierta intranquilidad, que en el momento en que te vi, con tu rostro más iluminado que de costumbre, se transformó en la ebullición de la sangre por todo mi cuerpo. Ambos me saludaron, y a partir de ese momento no pude ocultar mi incomodidad.

Esa noche quería ver a la banda de un amigo, pero para el momento en que salieron al escenario yo ya tenía la cabeza puesta en cualquier lugar. Así como en su momento di gracias por la gente que teníamos en común por haberte conocido, hoy maldigo esos vínculos por dentro así como a mi suerte.

En medio de acordes que sonaban desde arriba del escenario, escuché la frase “no hay por qué ganar”. Por un instante creí que salía de mi cabeza, porque encajaba demasiado bien con mi momento, pero al ver las sonrisas y las caras de asentimiento de mis compañeros de mesa comprendí que era una canción.

Durante el resto de la noche me encontré ido, y sólo pude volver a mi normalidad muchas horas después, pero la música ya había terminado hace rato.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Ayudante de Santa

Históricamente las fiestas las pasamos con la rama materna de mi familia, pero visto y considerando que cada año que pasa vamos quedando menos, esta vez decidimos acoplarnos a otros familiares pero del lado paterno. En todas las Navidades que viví, fui siempre el más chico de los presentes, lo cual implica que hace ya muchos años se perdió el espíritu navideño, o por lo menos la necesidad de hacerle creer a alguien la existencia de Papá Noel. Las familias que tienen nenes chiquitos se ven obligadas a mantener despierta esa magia, esa ilusión, y mas no sea forzadamente los adultos terminan contagiándose de cierta alegría navideña.

Y este año la nochebuena fue diferente ya que en la celebración había tres nenitas en plena edad de creer en el señor gordo. Sus tíos disimuladamente discutían para ver quién se iba a calzar el disfraz este año: ninguno quería. Alguien al pasar y en tono de broma mencionó que Papá Noel tenía que ser mi abuelo, quien estaba ahí pero no tiene ningún tipo de relación con esa familia. Y para sorpresa de todos, mi abuelo, al escuchar la propuesta, accedió orgullosamente, lo cual desató un aplauso generalizado. Además, lo bueno de que fuese él el encargado de ilusionar a las nenas, era que los parientes de ellas iban a estar todos presentes en el momento de la aparición del señor de rojo, y que no iba a necesitar relleno para la panza.

Minutos antes de la medianoche mi abuelo fue a ponerse el disfraz y los padres llevaron a las chiquitas hasta la calle para ver si aparecía Papá Noel. Aprovechando esos minutos de distracción, ayudé a mi abuelo a subir a la terraza, desde donde tenía que asomarse y bajar con una soga una bolsa con regalos, una vez que regresaran las nenas. La idea era poder apreciar el espectáculo desde abajo con el resto de la familia, pero fue demasiado tarde cuando escuché que las niñas ya habían vuelto y llamaban a Papá Noel a gritos limpios. Él se asomó y yo me quedé agachado a su lado, agarrándole las piernas, porque entre su torpeza, la máscara que llevaba puesta, y que a unos cuarenta centímetros de la paredcita de la terraza cruzaba un caño que lo obligaba a inclinarse hacia delante, me lo imaginé cayendo desde las alturas, y sin reno que pudiera salvarlo.

Las nenas gritaban de alegría, y mi abuelo estaba copado con la situación y lo disfrutaba mucho. Yo también me divertí desde el piso, dándole letra para que dijera algo, y viendo al vecino que sacaba fotos desde su terraza.

jueves, 24 de diciembre de 2009

El mar de la infancia

Iba caminando por Federico Lacroze, muy tranquilamente, cuando de repente se encontró con el olor a mar. No sabía definirlo muy bien, pero de alguna manera ese aroma activó sectores olvidados de su cerebro. Sus últimas visitas a la costa no le habían dado la posibilidad de sentir esa fragancia, y por algún motivo en aquellas oportunidades ni siquiera recordó que en alguna ocasión lo había hecho. Los recuerdos iban mucho más atrás en el tiempo, a su plena infancia, y mas no sea por el trayecto de una cuadra, volvió a tener cinco años.