sábado, 13 de marzo de 2010

Argentina abraza a Chile

Hoy fui al festival Argentina abraza a Chile, que surgió de una idea de Ricardo Darín y Juan Carr de Red Solidaria, para ayudar al pueblo chileno que tan mal la está pasando en estos días. Estuvieron tocando Gustavo Cerati, León Gieco y Los Fabulosos Cadillacs entre otros, y era zarpada la cantidad de gente que había. Y teniendo en cuenta que había que llevar algo para donar, creo que todo suma un lindo número.

Cuando nosotros llegamos ya había arrancado el show de Cerati, que era el que más nos interesaba. De todos modos quedaban unas cuantas canciones por delante, y estuvo muy bueno. Pero más que nada está bueno, como decía Darín, que haya tanta gente que se una para ayudar al pueblo chileno, y sobre todo gente joven que somos los que tenemos que pegar un cambio en la manera de ver las cosas.

Y desde mi humilde lugar, un abrazo a todos los chilenos.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Arrepentimientos

Muchas veces uno se arrepiente de cosas que hace, o de la elección de ciertos caminos que se ha decidido transitar. Puede pasar mucho tiempo y entonces a la distancia, en una mirada retrospectiva, aparece la sensación o incluso la certeza de haber obrado mal. Tampoco necesariamente tiene que ser algo tan drástico como para que la decisión que uno tomó sea catalogada de errónea. Estos arrepentimientos pueden referirse también a nimiedades, y a Pablo Marino esto solía ocurrirle con relativa frecuencia. Incluso tenía la facultad (si así se la puede llamar) de cambiar de parecer sobre la marcha.

“Si yo soy un solitario antisocial, ¿para qué me pongo a hacer estas cosas?”, se preguntó esa misma noche mientras caminaba por la avenida Callao, queriendo llegar a su casa antes de que amaneciera, y aún con la música zumbando en sus oídos.

Días antes una amiga lo había invitado a su cumpleaños. Ellos se habían conocido por circunstancias remotas de la vida años atrás, y no tenían amigos en común. De hecho, durante mucho tiempo habían perdido el contacto, pero hacía unos meses habían retomado el diálogo, y la relación entre ellos gozaba de mayor fluidez que en cualquier otra época. En realidad Pablo tenía por ella un interés que iba más allá de la simple amistad, y como la buena onda era recíproca, lo que hizo fue proyectar ideas equívocas. Hacía cuatro años que Lorena no lo invitaba a un cumpleaños suyo, y eso lo llevó a que en esta oportunidad sintiera una extraña plenitud y cierto grado de esperanza.

Como el cumpleaños se festejaba en un boliche, él tenía la posibilidad de invitar a sus amigos para que asistieran esa noche, pero supo que si lo hacía, la situación lo inhibiría y le restaría posibilidades llegado el caso que pudiera avanzarle a su amiga. No le avisó a nadie, y llegado el día partió rumbo a la casa de Lorena, donde ella había organizado juntarse con todas sus amistades para tomar y comer algo, hasta que fuera la hora de partir hacia la fiesta.

Cuando Pablo entró al domicilio empezó a sentirse incómodo, pero no por algo que haya encontrado ahí. Su personalidad tímida y poco sociable lo posicionaban en la vereda opuesta a los amigos de Lorena que tomaban, reían, cantaban y sobre todo vivían con tanta naturalidad. Ella era el único motivo por el cual decidió ir, y el único nexo entre él y esa conglomeración de personas sonrientes y despreocupadas. Corrían las horas y hacía su mayor esfuerzo por intentar encajar. Cada tanto ella se le acercaba con algún comentario superfluo, pero en cuestión de un parpadeo ya se hallaba nuevamente formando parte de aquel grupo. Pablo estaba compartiendo la noche con mucha gente, pero principalmente estaba solo y se dio cuenta de ello. Acá fue cuando comprendió que tendría que haber actuado diferente, que tenía que haber invitado a sus amigos. Pero ya no podía dar marcha atrás; tendría que ir al boliche de todos modos, y claramente la situación no sería muy diferente.

Llegada la hora partieron hacia el lugar, que estaba bastante vacío. Con el correr de los minutos fue llegando más gente, y el grupo de Lorena comenzaba a bailar y beber. Pablo no tenía ganas ni de una cosa ni de otra, pero de todos modos se compró una cerveza como un último intento para acoplarse a la manada. Rápidamente se dio cuenta que era en vano, que la noche ya estaba perdida. Lo único que le restaba hacer era esperar un tiempo prudencial como para poder macharse sin ser recriminado.

Cuando se cansó de estar parado viendo como el grupo se divertía, empezó a caminar por entre las personas, que para esa hora llenaban por completo el establecimiento. La caminata resultó ser una buena tarea, ya que los tumultos de gente le impedían avanzar con facilidad, y entonces una pequeña travesía le consumía significantes minutos, lo cual se volvía conveniente. Para cuando se aburrió de deambular inmerso en el inevitable roce de todos esos cuerpos tibios, encontró en una tarima un lugar donde pudo sentarse. “Y pensar que en algún momento creí en la posibilidad de que esta noche pudiera llegar a pasar algo con Lorena…” Una vez más las cosas no se daban como él pudo suponer. Se apoyó contra una columna que tenía a su izquierda, y sin demasiado esfuerzo pudo conciliar el sueño. Al despertarse, calculó que habrían pasado unos veinte minutos. Un instante más permaneció sentado, observando los rostros de la gente que se hallaba a su alrededor. Miró el reloj y le pareció que ya era un horario prudente como para poder marcharse. Buscó a su amiga con la mirada para poder despedirse, pero no tuvo éxito y salió a la calle. Por suerte no la vio a Lorena, que estaba con un muy elevado nivel de alcohol en sangre, besándose furiosamente con un flaco del que ni siquiera sabía el nombre, ofreciendo una imagen desagradable y vergonzosa por el estado de ambos, con sus manos moviéndose compulsivamente, tratando de acaparar todo el cuerpo del otro.

Pablo caminó largamente por Callao, ya sin ningún apuro, observando el cielo despojado de luna, sintiendo un poco la paz que le brinda estar alejado de aquel recinto desbordante de personas que le fueron y le seguirán siendo ajenas.

domingo, 7 de marzo de 2010

Nota mental

(Qué calor que hace. Espero que no tarde mucho el colectivo porque estoy bastante cansado. Además ya es tarde y no quiero llegar de noche. ¿Será ese que viene ahí? Justo me da el sol en la cara y no me deja ver. Y para colmo hay un reflejo sobre el parabrisas. A ver… si, es ese. Ahora espero que frene, porque sino estoy en el horno. Si, puso la luz de giro. Quiere decir que va a frenar, perfecto. Ah, encima no está tan lleno. “Uno setenta y cinco, por favor”. Bueno, no hay asientos libres, pero alguno se desocupará. Uy… que linda que es esa chica… tan simple y tan bella. Igual no pasa nada, que se le va a hacer. Pero está un poco difícil sacarle la vista de encima. Hace mucho calor acá adentro, y como que no está entrando mucho aire por las ventanas. Espero que se desocupe un asiento, porque las piernas no me dan más. A ver, ¿de qué lado va a dar el sol la mayor parte del viaje? Si va todo derecho por acá, después dobla… el sol va a dar siempre del lado izquierdo, así que me conviene esperar un lugar libre en el lado derecho. Si, ni a palos me siento del otro lado, sino me voy a incinerar. En la última fila tampoco, porque está justo sobre el motor y sube todo el aire caliente. Muy adelante no me gusta, así que básicamente me quedan ocho asientos en los cuales me puedo ubicar sin problemas. Son cuatro filas. Tengo que estar atento para que si se libera un lugar no me lo arrebaten. En la primera fila hay dos señoras, en la segunda la chica linda y un flaco, en la tercera un tipo con cara de loco y otro flaco, y en la cuarta una mujer y un tipo. ¡Está zarpado el calor! Suponiendo que puedo elegir en que asiento ubicarme… lo ideal sería que se baje el flaco que está al lado de la chica linda, así yo puedo ocupar ese lugar. Igual no voy a hacer nada, pero que se yo. La segunda mejor opción sería cualquiera de las tipas de la primera fila, me da igual. Y sino, en la cuarta fila. No me quiero sentar junto al loco, no me gusta su cara. Bueno, por lo menos no sube mucha gente al colectivo, y los pocos que o hicieron se acomodaron en los asientos que yo descarté. Uy, se baja el flaco… bien, pude sentarme bastante rápido y encima al lado de la chica. Qué linda que es, che… ¡qué injusto! No se si era una buena opción, porque ahora creo que voy a sufrir más. Bueno, pero en definitiva es el asiento que me tocó. Estaría bueno poder entablar un diálogo, tal vez invitarla a tomar algo. Es buena la de bajar detrás de ella, preguntarle si conoce algún bar por la zona, e invitarla. Pero es jodido, hay que animarse. Igual no, estoy todavía muy lejos de casa. No da bajarse en cualquier lado y recibir una negativa. Bueno, listo, hago así entonces: Si se llega a bajar en el puente de Thames o el de Márquez, la invito. Total si me dice que no, no pierdo nada. De todos modos, ja, es la auto-apuesta más cómoda. Hay un montón de paradas antes, y otras tantas después. Las probabilidades de que justo vaya a bajar en una de esas dos son muy pocas. Si realmente tuviera el coraje de invitarla o de hablarle no haría estas pavadas. Pero no importa, dale, quedamos así. Si se baja ahí, cumplo. Todavía igual queda bastante viaje por delante. Se está reacomodando en el asiento y agarrando la cartera. Me parece que no llega, que se va a bajar. No, creo que fue una falsa alarma, se quedó al final. Bueno, entonces ¿qué le digo? Me tengo que bajar detrás de ella y le pregunto si conoce el bar Oveja. Si baja ahí, puede que lo conozca y entonces me va a indicar como llegar; o que no tenga la menor idea. Realmente eso no cambiaría demasiado las cosas. Independientemente de su respuesta, le digo que la invito a tomar algo. No preguntarle si quiere ir, sino con seguridad, afirmándolo: te invito. Lo peor que puede pasar es que diga que no, y listo, me cruzo de calle o voy para el otro lado. En cuestión de segundos la pierdo de vista y no pasa nada. En la teoría no es muy grave. Está hablando por teléfono. ¿Será con un novio? ¿Con la madre? ¿Una amiga? No, no llego a entender nada de lo que dice. Ya estamos por panamericana; las distancias se van acortando. ¡Qué nervios! No puedo ser tan cobarde. Si se baja, me bajo; ya lo dije. Tranquilo, tranquilo. Estamos por Fondo de la Legua, es un punto decisivo. Las dos próximas paradas son las que puse en juego, es el momento clave. Igual hay pocas chances de que… ¡no te lo puedo creer! ¡Se baja en Thames! ¿Ahora que hago? En el fondo pensaba que esto no iba a pasar. Se baja. Ya tocó el timbre. Yo también tendría que bajar. No se que hacer… Si, ya se que me lo prometí, pero no me animo ahora, ¡la puta madre! Está con un pie en la calle, todavía tengo tiempo para actuar impulsivamente y redimirme. Me siento paralizado… se cierra la puerta. Arrancó el colectivo y la voy perdiendo de vista mientras ella camina… ¡Soy un pelotudo!).

viernes, 5 de marzo de 2010

Vaqueros Paganos

Si que son una gran banda. Y me da orgullo poder decir que son amigos mios. Bah, en realidad no es que nos juntemos los fines de semana a comer un asado o esas cosas, pero yo los siento mis amigos. Y creo que si no supiera quién goma son, los iría a ver igual, porque la música que hacen está zarpada, y el disco que grabaron es una verdadera joyita. Hacía rato que no los veía en vivo, así que las ganas se iban acumulando, y valió la pena el miércoles pasado hacer tiempo durante 5 horas para poder verlos. Sabía que si después del laburo volvía a casa, me iba a dar fiaca salir, así que evité que eso pasara.

Y ya que estamos, pasamos el chivo:
http://www.myspace.com/vaquerospaganos

Son grosos, Vaqueros!

martes, 2 de marzo de 2010

La invasión

El calor se hace sentir en la ciudad. La temperatura del asfalto asciende considerablemente, y Buenos Aires se vuelve intransitable, pero no tanto por el nivel térmico, sino por una causa mucho más significativa para evitar salir de casa, siempre y cuando esto sea posible. Las calles están siendo invadidas, y en realidad no es algo nuevo. Esto viene ocurriendo desde hace un tiempo largo, aunque es cierto que en los últimos años la situación se ha complejizado un poco, y la llegada del clima veraniego siempre hace que reflorezca, incrementando su poder destructivo.

Muchas personas parecen no darse cuenta de lo que ocurre, o tal vez elaboraron un sofisticado sistema de autodefensas por el cual ya están inmunizados, y no se ven afectados en lo más mínimo. Pero otros tantos se encuentran en un estado permanente de alerta, ya que no pudiendo alejarse de la rutina del día a día manteniéndose a salvo en sus casas, asumen el riesgo de salir a la calle y enfrentarse cara a cara con las criaturas invasoras, cientos de veces al día, ya que se encuentran por todas partes. En cualquier sitio donde haya acceso a seres humanos puede toparse uno con ellas, principalmente por las calles de la ciudad y en algunos transportes públicos.

Increíblemente no se ha comprobado que la invasión sea dañina para la sociedad, aunque sea cierto que muchos han muerto a causa de ella, y otros tantos sufren, principalmente sintiendo una opresión en el pecho, y una angustia que genera un vacío en el alma. Esto último es lo que le ocurre a alguien cuando entra en contacto visual con una de las invasoras, porque son ellas, las mujeres hermosas, las que avanzan cual plaga por la ciudad, luciéndose y dejando tras de sí un sendero de hombres agonizantes.