domingo, 31 de octubre de 2010

Día 20: La Paz

12.sep.2010

Fueron exactamente doce horas de viaje entre las dos capitales de Bolivia. Durante la noche Víctor no tuvo grandes dolores, pero en realidad el momento en que más le molesta es cuando camina, así que esto no quería decir que se haya recuperado. Al bajar del micro en la terminal de La Paz nos dirigimos directamente a un hostel que nos había recomendado Tincho en Purmamarca, y al llegar nos quedamos directamente, por primera vez sin averiguar en otros lugares. Salimos a recorrer un poco y nos encontramos con una linda ciudad, por lo menos en la zona céntrica que es por donde estábamos nosotros.


La iglesia de San Francisco.


Víctor permaneció con dolores intestinales y después de almorzar, cuando íbamos a ir a comprar los pasajes para ir a Sorata, se le dificultaba caminar por la molestia, así que me tocó caminar solo unas veinte cuadras, alejándome completamente de la zona céntrica y turística. No pasó nada, pero de antemano no era lo que más ganas tenía de hacer, teniendo en cuenta que La Paz fue la ciudad de la que más malas referencias recibimos en cuanto a la inseguridad.


Víctor y yo descansando en la habitación de El Carretero.


Finalmente y como Víctor seguía adolorido, no fuimos al museo de los instrumentos musicales, que era algo que teníamos ganas de hacer. De antemano también habíamos descartado hacer la travesía en bicicleta por la ruta de la muerte porque nos pareció que era demasiado caro, y también dejamos afuera el tour hasta Tiwanaku, porque vimos algunas fotos y sinceramente no llamaba demasiado la atención, y además para hacerlo tendríamos que habernos quedado en La Paz esperando la recuperación de Víctor.


La plaza Murillo un domingo por la tarde.

sábado, 30 de octubre de 2010

Día 19: Enfermos

11.sep.2010

Me desperté a las tres y algo de la mañana con un poco de malestar. Quedándome quieto como que de a momentos intentaba desaparecer, pero en otros empezaba a sentir algo incómodo como en el tracto digestivo, y si intentaba cambiar de posición el estómago se revolucionaba aún más. Me quedé inmóvil por unos largos minutos, pero la sensación permanecía y ya no podía volver a dormirme, e incluso de a ratos me parecía que las náuseas estaban próximas. En un momento Víctor se levanta para ir al baño, y al darse cuenta que yo también estaba despierto me comenta que se sentía mal. Fui al baño a hacer pis y por un instante tuve ganas de vomitar, pero la sensación desapareció rápidamente. Volví a la habitación y al sentarme en la cama me di cuenta que estando en esa posición el malestar era menor que estando acostado. Me quedé un largo rato así, inmóvil, mientras Víctor seguía en el baño. Cuando volvió me recosté pero con la cabeza apoyada sobre el respaldo de la cama, y al ver que ya no me sentía tan mal me acosté completamente y me quedé dormido. Me desperté algunas horas más tarde, cuando ya era de día, pero Víctor no corrió mi misma suerte y no pudo dormir ya que se seguía sintiendo mal. Durante la noche ya había largado todo lo que tenía para largar, por lo que dedujo que el dolor era producto de su intestino irritable.


En el patio del hostel, con mi botella de Coca Colla Bol Energy.


Nosotros teníamos pasaje para salir a las siete de la tarde de ese día con destino a La Paz, pero viendo que pasaban las horas y la situación permanecía igual, me fui hasta la terminal para postergar la salida por un día. La empleada de la empresa de buses me explicó que no era posible realizar el cambio porque el boleto fue impreso con nuestros nombres, y no podía anularlo en el sistema. La única posible solución era que se los deje para ver si ella podía vendérselos a alguien, pero que probablemente esta venta tendría que ser por un monto menos al que nosotros pagamos, y en caso de que nadie lo quisiera comprar, perderíamos el pasaje. Le dije que iba a pensar esa alternativa, pero que primero iba a ver como evolucionaba la salud de Víctor en las próximas horas. Él mientras tanto seguía en cama porque estando en posición horizontal era menor el malestar, así que mientras tanto fui a arreglar a la administración del hostel para ver si nos podían dejar la habitación durante más tiempo, ya que teóricamente teníamos que desocuparla después del mediodía. Con el asunto arreglado fui a comprarle un par de manzanas para que no esté con el estómago vacío, y después me fui a dar una vuelta por la ciudad, ya que los festejos habían comenzado su segunda jornada bien temprano por la mañana.


Las calles de Sucre, plagadas de coloridas vestimentas.


Cada tanto volvía al hostel para ver como seguía Víctor y por si necesitaba algo, y después volvía a las calles, a veces para comer algo o simplemente para apreciar el paso de las comparsas. Cuando se hizo la hora en que teníamos que salir hacia la terminal, Víctor se sentía un poco mejor, o por lo menos hizo el esfuerzo. Tomamos el micro puntualmente, haciendo el viaje más largo desde nuestra salida de Buenos Aires.

viernes, 29 de octubre de 2010

Día 18: Ganas de pelotear un rato

10.sep.2010

Por la mañana arrancamos yendo al mercado a desayunar uno de esos espectaculares jugos. Mientras estábamos esperando que los preparen se nos acercó un chico de unos diez años que trabajaba de lustrabotas. Primero le dijo a Víctor algo que no terminé de entender, y después le preguntó si no le compraba un jugo, así que lo pedimos y nos quedamos los tres sentados esperando. Su nombre es Johnny, y tras preguntarnos de dónde éramos nos pidió si no teníamos alguna moneda de Argentina, porque él coleccionaba. Abrió su pequeña caja con los insumos de trabajo y sacó algunas monedas, unas cinco en total, que conformaban toda su colección. Había euros, soles y libras esterlinas. Nosotros no teníamos monedas argentinas encima porque sólo andábamos con pesos bolivianos, así que le dije que me esperase, que le iba a buscar algunas. Fui lo más rápido posible hasta el hostel que estaba a unas tres cuadras del mercado, y cuando volví le di tres monedas de diferentes valores, las que agradeció, y ya habiéndose tomado su jugo se fue a ver si podía conseguir algún cliente.

Con la ayuda de un plano turístico que tiene marcados todos los edificios importantes de la ciudad, salimos a recorrer las calles para conocerlos. Muchos de ellos son iglesias que si bien tal vez tengan su historia, no despiertan ningún atractivo visual. Seguimos caminando y llegamos hasta el estadio de fútbol, donde la noche anterior habían jugado por la Copa Sudamericana el local Universitarios de Sucre y Cerro Porteño de Paraguay. La entrada principal estaba cerrada, pero como teníamos intención de entrar, empezamos a darle la vuelta. Sobre la calle lateral encontramos un portón abierto y nos mandamos. Había una escalera que subimos, donde se leía algo así como “Salud del deporte”. Era aparentemente un consultorio médico, pero en la recepción no había nadie a quien preguntar nada. Volvimos a salir, y al costado de la escalera había una rampa por la que pudimos avanzar sin ningún obstáculo hasta salir a las tribunas del estadio. El campo de juego estaba increíble y nos sentimos afortunados de poder llegar hasta ahí. Sólo había una persona en el estadio regando el césped, a la cual pareció no importarle mucho nuestra presencia. Nos quedamos ahí algunos minutos contemplando el estadio completamente vacío y sacando fotos, y más tarde salieron los jugadores al campo para hacer el entrenamiento, así que también pudimos ser parte de ese momento.

En el interior del Estadio Patria.


Después del almuerzo volvimos al hostel para descansar un poco. En el patio se escuchaba a un holandés que estaba hospedado ahí mismo, tocando la guitarra, aunque no muy bien y siempre las mismas canciones. Pasado un buen rato de descanso, salimos al patio y nos integramos a la ronda creada por la guitarra, junto a Jordi y María, una pareja de catalanes que están en la habitación contigua a la nuestra y a quienes habíamos saludado el día anterior. Y así nos quedamos un buen rato, charlando y tocando la guitarra, y compartiendo cosas de nuestros respectivos viajes. Mientras tanto se escuchaba música de bombos e instrumentos de viento provenientes de la calle, porque de casualidad llegamos a Sucre un día antes de que empezase una celebración por la virgen de Guadalupe, que dura dos días y que consta de horas y horas de comparsas desfilando por las calles, con músicos y bailarines vestidos con ropas típicas e interpretando diferentes ritmos de Bolivia. Nos quedamos en el hostel hasta poco antes de la llegada de la noche, que era más o menos cuando empezaba el horario fuerte de la celebración. Mucha gente se dedicaba a comercializar sectores de las veredas, que otras personas compraban como si fuesen plateas. Nosotros junto a nuestros amigos catalanes nos quedamos unas cuantas horas mirando el desfile de las comparsas, que resultaban muy atractivas por su colorido, sus músicas y coreografías. Se veía a algunas personas disfrutando mucho de esta gran fiesta, tanto por parte del público como de los protagonistas. Hambrientos los cuatro, nos agasajamos con unas riquísimas pizzas acompañadas por cerveza, que fue la manera de terminar la jornada.


Cenando junto a Jordi y María, nuestros amigos catalanes.

jueves, 28 de octubre de 2010

Día 17: Sucre es nuestra casa

9.sep.2010

Un último desayuno potosino y salimos rumbo a Sucre. Llegamos después de tres horas en un micro en impecables condiciones, y como siempre al entrar a una ciudad nueva, aparecen algunos temores e incertidumbres. En la terminal conseguimos un mapa y empezamos a caminar hacia el centro que estaba a unas trece cuadras. Avanzamos algunas, y al doblar en una calle con boulevard, nos dimos cuenta que Sucre se diferenciaba del resto de los lugares bolivianos que habíamos conocidos hasta el momento. Las calles y las veredas son distintas, y los comercios ya no son pequeños puestos que aparentan improvisación. De repente, y habiendo llegado hace sólo algunos minutos, tuvimos la sensación que este lugar se asemejaba a Buenos Aires. Sentimos cierta alegría al encontrar puntos de contacto con nuestro lugar natal, estando a tantos kilómetros de distancia. Incluso el clima se parece. Se siente como si hubiera más humedad en el ambiente, y la brisa tiene cierta fragancia primaveral que me recuerda increíblemente a Argentina.


La plaza central de Sucre.


Encontramos un hostel donde hospedarnos, y acá también se multiplicaron las similitudes con casa, ya que en el patio hay macetas con las mismas plantas. Parece una pavada, pero la verdad que desde que salimos de Buenos Aires anduvimos por lugares que casi no tienen relación con nuestra provincia, y la poca vegetación que vimos nada tiene que ver con la que conocemos de toda la vida. Por primera vez en el viaje el clima invitaba a usar bermudas y ojotas, lo cual sentí como una verdadera satisfacción. Una vez instalados salimos a recorrer un poco y nos encontramos con una ciudad increíblemente hermosa. Acostumbrados a tanta aridez no esperábamos llegar a una plaza tan verde y bien cuidada. Sucre es una de las dos capitales bolivianas, pero sólo tiene los factores positivos de una gran ciudad. Calles seguras y limpias, parques cuidados, arquitecturas hermosas… realmente se hace muy difícil describirla y expresar una impresión realista del lugar, pero nosotros a medida que fuimos avanzando por las cuadras y descubriendo nuevos lugares, íbamos riendo y diciendo repetidamente frases como “esto es increíble” o “es la mejor ciudad de todas”.


Otra plaza, con mucho verde.


Encontramos un mercado (como los hay en todos los lugares de Bolivia por donde estuvimos) que es muy grande y está bien dividido por rubros. Y hay un sector donde preparan jugos naturales de frutas que son espectaculares. Son vasos muy grandes, baratos, y el jugo es delicioso.

Acá la gente también tiene rasgos diferentes a la de otros lugares de Bolivia. En las ciudades que pasamos anteriormente era muy fácil darse cuenta quiénes eran del lugar y quiénes extranjeros, pero acá, supongo que al ser una capital, debe haber mayor mezcla de razas, por lo que muchos tienen rasgos más parecidos a los nuestros, si se quiere.


Esperando los jugos en el mercado.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Néstor

Me despierto, y todavía con los ojos entrecerrados mi vieja me dice:
- ¿Te enteraste lo que pasó?
- No.
- Se murió Kirchner.
Los ojos se me abrieron automáticamente.

No era alguien de mi agrado, pero tampoco me parece que da para festejar. Estamos acostumbrados a que si no sos oficialista sos de la oposición, y no es así. Existen los grises. Así como se mandó seguramente sus buenas cagadas, habrá hecho otras medianamente bien. Que se yo, digo.

martes, 26 de octubre de 2010

Colisión

El sábado a la noche salimos con el señor Tonga, como todos los fines de semana, a hacer obras de caridad. Primero fuimos a un hogar de huérfanos a llevarles juguetes y contarles cuentitos a la hora de dormir, después fuimos a un hogar de ancianos a dar una mano, y por último pasamos por un comedor comunitario, donde pasamos las últimas horas de la noche trabajando arduamente para que los menos afortunados tuviesen un delicioso desayuno. Con los primeros rayos de luz solar asomando, y con nuestros corazones rebosantes de esa felicidad que sólo da ayudar al prójimo, emprendimos el regreso a nuestros hogares.

Íbamos muy plácidamente por la avenida, Tonga conduciendo y yo de copiloto, candando alabanzas al Señor, cuando de repente y como salido del séptimo subsuelo del infierno, un auto que estaba una cuadra delante nuestro comenzó a ir marcha atrás a toda velocidad. Al verlo nos arrinconamos bien contra el cordón, pero el vehículo endemoniado se acomodó en su marcha como apuntándonos. Al darnos cuenta de esto mi compañero puso reversa, sabiendo que era lo único que podíamos hacer, tal vez no para evitar la colisión, ya que el nefasto automóvil se acercaba a nosotros a unos 180 kilómetros por hora, pero quizás eso disminuyera el impacto. Nos mantuvimos rezando para que ningún inocente saliese herido, y justo antes de escuchar el sonido de cristales rompiéndose, pude ver cómo los ojos del conductor brillaban con un tinte anaranjado, como si fuesen las llamas mismas del templo de Lucifer.

Por suerte nadie sufrió lesiones, y nuestro coche sólo tuvo algunos daños menores en la parte frontal. Pero como si la Divina Providencia hubiese estado con nosotros en ese momento y haya querido dar un castigo aleccionador, el vehículo de ese sujeto malvado quedó bastante destruido tanto en la zona del impacto como en su parte frontal, para lo cual no hay explicación.

Antes de regresar definitivamente a nuestros hogares, fuimos a intentar convencer a una señora que vende su cuerpo, para que volviese a integrarse al camino sagrado.

Y eso fue lo que pasó.

lunes, 18 de octubre de 2010

Día 16: En el interior de la mina (parte dos)

8.sep.2010

Después de la charla explicativa de Pedro, y ya recuperado por esos minutos de descanso, continuamos avanzando mina adentro. Si bien la mayor parte del camino la hacíamos nosotros tres solos, en algún momento nos encontrábamos con algún minero o grupo de ellos, a quienes les dábamos parte de los regalos. En tramos el túnel tomaba una altura que permitía caminar con total normalidad, pero en otros obligaba a encorvarse, a veces excesivamente, e incluso en alguna oportunidad a tener que arrastrarse por una abertura mínima entre las rocas. Pudimos ver a los mineros trabajando, moviendo rocas de un lado a otro a una temperatura realmente agobiante. Al llegar a un punto donde ya se complicaba seguir avanzando, nos detuvimos y apagamos nuestros faroles durante unos minutos para poder apreciar la absoluta oscuridad de la mina. Si bien me senté en el suelo para descansar, el poco oxígeno que había en el ambiente no parecía ser suficiente para recuperar el aliento en su totalidad. Empezamos a caminar rumbo a la salida, pero tuvimos que detenernos porque un grupo de mineros estaban cargando con rocas un carro, el cual obstruía la única vía de salida, y que tenía que ser empujado al exterior sobre unos rieles que recorrían todo el interior de la mina. Pedro, que es ex minero, se puso a ayudarlos con la tarea para alivianarles el trabajo. Una vez lleno el carro tenían que empujarlo, cosa que tampoco es sencilla debido a que tiene un peso aproximado de dos toneladas y sólo lo mueven entre dos o tres personas. En total fueron no más de diez minutos de espera, pero que fueron sencillamente insoportables. El calor era tanto y el oxígeno tan poco que costaba mucho esfuerzo mantenerse en pie. En ese momento tuve un poco de miedo de desmayarme, porque sentía que ya había agotado toda mi energía. Cuando por fin el carro se movió pudimos avanzar, esforzándome un poco por mantener el equilibrio. Si bien ya estábamos de regreso a la superficie, me preocupaba que todavía faltaba prácticamente la mitad del trayecto, y no sabía si tenía suficiente fuerza para eso. Pero al seguir caminando llegamos a un tramo donde ya no estaba tan pesado el ambiente y fundamentalmente donde se notaba un incremento en el oxígeno. Ahí me recuperé un poco y ya no costaba tanto esfuerzo seguir adelante.


Esperando en un rincón mientras pasa el carro.


Mientras seguíamos camino, Pedro nos contó que trabajó durante cuatro años en la mina, desde los diez hasta los catorce de edad, pero que se fue y ahora a sus veintinueve, con la agencia The Real Deal intentan sacar de ese trabajo sacrificado a los mineros que pretenden hacerlo. De todos modos no es tarea fácil, porque pese a la insalubridad del oficio, muchos se sienten agradecidos a las minas y el trabajo se va heredando de generación en generación. Su propio padre trabajó durante cuarenta años como minero, y actualmente tiene dos hermanos, uno mayor y uno menor y que están trabajando en la mina, y que prefieren seguir haciéndolo porque para ellos es un trabajo en el que tienen más libertad que por ejemplo siendo empleados de alguien en la superficie. Cuando escuché esto me llamó mucho la atención. Estábamos en un angosto túnel bajo quién sabe cuántos metros de tierra, sin el menor rastro de luz solar pese a estar cerca del mediodía, y con dificultades para respirar normalmente, pero pese a todo para algunos mineros eso era la libertad.


Sonriendo levemente, porque se podía respirar aire fresco.


Seguimos caminando y cuando por fin vi una luz blanca al final del túnel (curiosa metáfora entre la mina y la muerte) sentí un poco de alivio. Ya en el exterior pudimos respirar hondo y recuperarnos completamente. En total estuvimos unas dos horas y media bajo tierra, sin hacer ningún tipo de actividad más que caminar, y aún así se vuelve difícil de sobrellevar. Que es una experiencia única e impactante no tengo dudas, porque se pueden ver las verdaderas condiciones de trabajo dentro de la mina, y sentir aunque sea mínimamente en carne propia lo que ellos sienten, pero por otro lado es como raro ir como pasea a ver gente que está trabajando en pésimas condiciones. En todo momento tuve esa dualidad de sensaciones y por eso no termino de darme cuenta si el tour está bueno y vale la pena o no.


Pedro, Víctor y yo antes de salir de la mina.


Por la tarde fuimos a la casa de la moneda, hoy convertida en museo. La entrada salía veinte bolivianos, y para poder sacar fotos había que pagar otros veinte más, cosa que no hicimos, así que los recuerdos permanecerán únicamente en nuestras mentes. El museo no se dedicaba sólo a la historia de la moneda, que era lo que yo pensaba, sino que se extendía un poco a la de toda la región. Estaba bueno, pero tampoco era la gran cosa. Lo más impactante eran unos bebés momificados que estaban expuestos en una vitrina y verdaderamente daban impresión.

Día 16: En el interior de la mina (parte uno)

8.sep.2010

Esta mañana después de desayunar nos despedimos de Franco y Paola, ya que nosotros nos teníamos que ir a la excursión a la mina, y para cuando volviésemos ellos ya se habrían ido. Nos saludamos con un beso, cosa que es poco común de ver acá, porque la gente de otros países suele ser bastante más distante. Se hizo nuestra hora así que nos fuimos del hostel rumbo a la agencia que contratamos. Pensábamos que iba a ser un grupo más numeroso haciendo la excursión, pero sólo nos encontramos con un flaco francés, y que después de subir a la camioneta nos enteramos que no iba a hacerla, sino que la había hecho ayer, y que ahora estaba yendo a trabajar a la mina porque quería involucrarse más con el modo de vida de esa gente, y no ir como un simple turista. Llegamos primero a una especie de depósito de la agencia, donde nos dieron la ropa que íbamos a necesitar para ingresar a la mina, así como también el casco y la luz. Después fuimos para el mercado minero, donde hay varios comercios que venden todo tipo de cosas que son necesarias en las minas, desde hijas de coca y gaseosas, hasta palas y explosivos. Nosotros compramos dinamita, dos botellas de jugo y coca para regalarle a los mineros, que es lo que se acostumbra. Pedro, nuestro guía, nos hizo probar un alcohol de 96º hecho a base de caña de azúcar, al que supuestamente se acostumbra a darle un sorbo antes de entrar a la mina. Con sólo mojar los labios en ese líquido, se te genera un fuego interno increíble. De ahí volvimos a subir a la combi y fuimos hasta una refinería donde procesan los diferentes minerales. Vimos más o menos cómo es el proceso, y después ya sí nos dirigimos hasta la mina propiamente dicha.


En la refinería, donde procesan los minerales con diferentes químicos.


Entramos y después de hacer algunos pasos el panorama cambió gradual pero significativamente tornando más complicado el avance, al encontrarnos con algunos centímetros de agua en el suelo, y con el túnel que iba reduciendo su altura. En más de una oportunidad me golpeé la cabeza con alguna roca o tronco de nuestro bajo techo, haciendo que el casco saliera prácticamente despedido. Seguimos avanzando y la mezcla de la elevada altitud sobre el nivel del mar de la ciudad de Potosí, más la posible disminución del oxígeno, hacía que cada paso dado fuera casi meritorio. Cuando estaba necesitando un respiro, nos detuvimos unos minutos frente a una imagen del Tío, que es una especie de dios o demonio a quien los mineros le rinden culto cuando se encuentran bajo tierra. Él es supuestamente quien controla que ocurran cosas buenas o malas, pero su poder se limita únicamente al interior de las minas.


El Tío, adornado con ofrendas de coca, alcohol y guirnaldas.


Pedro nos contó que hay básicamente tres rangos mineros: los asistentes, los socios y los jefes. Los asistentes son los que hacen las tareas más complicadas, no cuentan con ningún tipo de seguro de vida, pueden cobrar no más de dos mil bolivianos al mes (mil doscientos pesos argentinos), y tienen que trabajar unos seis años para poder llegar a socios. Éstos pueden tener un salario de entre dos mil y dos mil quinientos bolivianos mensuales, cuentan con seguro de vida, y si bien no existen tareas fáciles, las que realizan son menos complicadas que las de los asistentes. El jefe también cuenta con seguro de vida y es quien elije las tareas que realiza, e incluso puede irse a beber con amigos si lo desea. Pero para alcanzar este rango es necesario acumular la experiencia que dan los años, y también tener una buena suma de dinero, ya que un jefe debe buscarse su propia zona para explotar, lo cual sugiere una inversión. Pero esto sólo no alcanza y también se necesita tener suerte, ya que en más de una oportunidad pasó que aspirantes a jefe hicieron una fuerte inversión económica, pero no pudieron encontrar minerales valiosos, y perdieron lo poco que tenían. Actualmente un jefe puede cobrar entre cinco y diez mil bolivianos mensuales, dependiendo de lo bien que puedan trabajar en el mes, e incluso hay algunos que son ricos y cobran veinte mil dólares por semana. También nos contó que antes las empresas mineras eran cooperativas y trabajaban todos por un mismo fin e igualdad entre ellos, pero que actualmente sólo se conserva el nombre de cooperativa, ya que hay muchos que solamente buscan el progreso personal y poco les interesa el bienestar del grupo.

Continuará...


Cara de minero preocupado.

sábado, 16 de octubre de 2010

Día 15: Ojo del Inca

7.sep.2010

Después de una noche que se me hizo eterna, despertándome continuamente, casi no desayuné por temor a que algo volviera a caerme mal. En realidad no se si el malestar fue provocado por alguna comida que no me cayó bien, o si fue por haber comido mucho en el almuerzo. Después recordé que alguien nos había recomendado que en la altura no comiésemos mucho, pero sí que tomásemos mucha agua. De todos modos tomé un desayuno escaso, teniendo en cuenta que está incluido al servicio del hostel. Más que para alimentarse a la mañana fue para hacer sociales, ya que nos quedamos hablando con los italianos, después con un par de chicas australianas, y más tarde con una parejita de ingleses.

Terminado el desayuno y las charlas, salimos con intención de ir a un lugar llamado “Ojo del Inca” que nos habían recomendado. Fuimos hasta la parada de buses y nos tomamos uno que iba para ese lado. Nos dejó en medio de una ruta, y seguimos a pie por un camino que subía la montaña. No estábamos seguros de estar por el lugar correcto, ni tampoco qué aspecto tenía lo que estábamos buscando. Después de unos quince minutos de caminata, llegamos hasta un lugar en el que había dos pequeñas casas a orillas de un lago aparentemente artificial y de no muy grandes dimensiones. Parecía ser una propiedad privada, así que nuestra intención era la de seguir ascendiendo por el camino que estaba a un costado. Una señora se asoma de la casa, y le preguntamos por el Ojo del Inca, y ella nos señala el lago diciendo que era aquel. No sabíamos si nos estaba diciendo la verdad o si simplemente quería que nos acercásemos para vendernos algo, pero sin dudas no era lo que esperábamos encontrar. La señora nos comentó que siguiendo el camino hacia arriba no íbamos a encontrar más nada, y nos pidió que nos acercásemos así nos contaba un poco sin compromiso. La señora, rodeada por cachorritos de perros que jugaban entre si, nos contó que ese lago era un antiguo volcán lleno de agua, y que por eso su temperatura era de entre 30 y 35 grados, y con mucha profundidad, por lo que varios turistas se acercaban hasta ahí para nadar un rato. Nos invitó a tocar el agua, y pudimos comprobar la temperatura de la misma. Víctor le preguntó si no había otros lugares parecidos en los alrededores, porque es lo que le habían comentado, y ella dijo que no, que el Ojo del Inca era único.


Jugando con un perro en el Ojo del Inca.


Más tarde la señora nos comentó de la existencia del Ojito del Inca, que estaba más abajo por la montaña, pero que era algo completamente diferente porque el agua alcanzaba los cien grados, por lo que la gente no se podía meter ahí. Siguiendo sus instrucciones continuamos camino para dar con este otro lugar, el cual encontramos después de apenas dos minutos de caminata. Era una especie de pantano del tamaño de una pileta y menos de medio metro de profundidad. El agua tenía un tinte grisáceo y cada tanto emanaba cierto olor a estancamiento. Sin embargo a la vista era más atractivo que el lugar anterior, porque debido a la elevada temperatura, se generaban burbujas.


El Ojito del Inca, una especie de pantano.


Nuevamente en el hostel me tiré sobre la cama ya que me sentía muy cansado y sin energía, debido posiblemente a que no había cenado y casi tampoco desayunado. Al despertarme había recuperado un poco el apetito así que salí en busca de algo, pero terminé comprándome una lata de atún y un paquete de galletitas de agua, ya que todas las comidas que vendían por la calle eran con excesos de fritura y no quería correr el riesgo de que algo me cayera mal nuevamente.

A la tarde fuimos a la sala de TV del hostel para mirar el partido de Argentina – España, junto a Tomás, un flaco californiano de padres argentinos, y dos ingleses. Más tarde nos fuimos a dar una vuelta con Esti, una chica vasca que se hospedó esta tarde. Nos quedamos los tres tomando una cerveza, jugando a las cartas, y después fuimos a comer una pizza que espero me caiga bien, porque sino mañana va a ser un día complicado en la mina.


Cena en la pizzería, brindando con Víctor y Esti.

viernes, 15 de octubre de 2010

Día 14: Chau hígado

6.sep.2010

Salimos a recorrer la ciudad de Potosí, que dependiendo de la calle y del horario se presenta como un lugar sumamente tranquilo, o como la ciudad mas caótica de todas, porque en algunas galles hay mucho tránsito y excesiva circulación de peatones. Algo que me llama la atención de Bolivia, es que por lo general cuando uno va a un restaurante, o más bien a los pequeños lugares de barrio para comer, la bebida está natural. Pero no por falta de heladeras, sino que lo común acá parece ser tomar la bebida no refrigerada.


Una de las 37 iglesias de la ciudad de Potosí.


Hoy fue un día muy tranquilo. Además de salir a recorrer y conocer algunas de las 37 iglesias que hay en la ciudad, que son de lo más llamativas por sus arquitecturas, también fue un día de hacer bastantes sociales con gente que está hospedada acá, en nuestro mismo hostel. Conversamos con una pareja de brasileros que nos recomendaron hacer la expedición a las minas. La gente del hostel se encarga de organizarla, pero ellos encontraron otra agencia que es más económica y aparentemente buena, así que nos vino bien ese dato. También hicimos un vínculo con Franco y Paola, otra pareja, pero esta vez de italianos. Son muy buena onda ambos. El flaco estaba usando la computadora contigua a la mía, y tenía un inconveniente por el cual no le cargaban los sitios web. Más o menos le expliqué lo que pasaba, y al ver que yo hablaba en italiano, comenzamos a charlar. Quedó una buena onda, y después cada vez que nos cruzábamos nos quedábamos hablando un rato. También intercambiamos algunas palabras con un matrimonio alemán que vinieron con su hijo. Es llamativo que pese a estar en un país de habla hispana, por lo menos en el hostel la mayoría del tiempo uno escucha a la gente hablándose en inglés.


Calle cercana a nuestro hostel, extraña por ser angosta y sin veredas.


Por la noche, pero todavía temprano, estaba subiendo algunas fotos al blog cuando empecé a sentir una especie de frío y algo sutilmente extraño en la vista, que me dio toda la sensación a ser el principio de un bajón de presión. Así que fui a acostarme como para que se pasara. Estuve unos cuantos minutos y medio que me entredormí. Víctor vino a preguntarme si íbamos a comer a algún lado, a lo que respondí que no tenía hambre y que no iba a comer. Lo cual era verdad; no tenía apetito y me sentía cansado, y con esa sensación de que me podía bajar la presión. Como estábamos en camas cuchetas y yo estaba en la de arriba, había pensado en cambiársela a Víctor por esta noche para poder tener una botella de agua a mano, ya que tenía bastante sed, y además por si tenía que correr al baño durante la noche, ya que horas antes había empezado a ir un poco flojo de cuerpo. Pocos minutos después que Víctor se fue, caí en esa especie de nebulosa entre el sueño y la vigilia, y cuando me desperté empecé a sentir la boca seca y como un extraño vacío estomacal. Me di cuenta que ese malestar no era normal, y que posiblemente eso terminaría en vómito. Bajé de la cama, salí de la habitación y alcancé a ver que el baño estaba desocupado. No llegué a entrar cuando la náusea se hizo presente. Me tapé la boca con una mano para evitar el enchastre, pero fue inevitable. Mientras prendía la luz y entornaba la puerta, el resto de lo que salía de mi boca fue a parar a la pileta. Llegué hasta el inodoro que fue el receptor del producto de mi malestar. Habrán sido no más de dos minutos con arcadas y vómitos, y al terminar empecé a sentirme mejor. Ya casi recuperado y con la sensación de que la dolencia había quedado atrás, agarré un rollo de papel higiénico y empecé a limpiar todo el enchastre: el inodoro, el piso, la pileta y la puerta. Una vez finalizada esta tarea me senté en un sillón del hall del hostel y me quedé tomando agua. Mientras todavía estaba reclinado sobre el inodoro, un flaco se asomó al baño y exclamó “oh, fuck!” al ver las condiciones del piso y la pileta. Después, mientras ya estaba recuperado y tomando agua, volvió a aparecer preguntándome cómo estaba, y riéndose por la situación.

Día 13: La ciudad más alta del mundo

5.sep.2010

Después de un último recorrido a la ciudad de Uyuni, nos tomamos el micro con rumbo a Potosí. Antes de venir para Bolivia nos habían recomendado que evitemos tomar micros, ya que éstos tenían unas condiciones deplorables. Pero la verdad que este viaje no se pareció en nada a lo que nos pintaron. El micro estaba en buenas condiciones, y el viaje no se hizo agotador (como sí lo fue el tren que tomamos en Villazón) pese a que hayan sido seis horas para llegar a Potosí.

Nos encontramos con una ciudad mucho más grande que las que conocimos hasta ahora. Había mucha gente por la calle, tal vez por ser domingo por la tarde. Tanto en Tupiza como en Uyuni no tuvimos que caminar demasiado para conseguir alojamiento, pero acá llegamos y nos encontramos en medio de una ciudad que aparentaba tener cierto caos. Empezamos a caminar en busca de un lugar para poder pasar la noche, pero las cuadras se hacían muy difíciles de caminar, con las mochilas a cuestas, con calles en subida y a cuatro mil metros sobre el nivel del mar. En la búsqueda de hospedaje encontramos un hostel que estaba muy bueno, pero que era bastante más caro de lo que pretendíamos pagar. Después encontramos otros más baratos, pero que se parecían mucho al hotel del miedo, en Rosario. Por fin, y después de un buen rato, encontramos uno de los hostels que nos habían recomendado. Está medio escondido, pero la verdad que está muy lindo en su interior, es relativamente económico, tiene desayuno incluido, y tiene servicio de internet gratis con una buena velocidad. Cuando llegamos era media tarde y no habíamos almorzado aún, pero estábamos tan cansados que no salimos a recorrer la ciudad ni buscar algún lugar para comer, y nos quedamos en el hostel, aprovechando de internet para ponernos un poco la día con los mails, actualizar los blogs, y mandar algunas fotos para que puedan ver desde Argentina.


En el interior de Koala Den, el hostel de Potosí
en el que realmente daban ganas de quedarse.

Día 12: Adaptarse a la cultura

4.sep.2010

Hoy por primera vez llamé por teléfono a casa. Hablé con mi vieja, charlamos unos diez minutos, le conté más o menos como es todo por acá, qué estuvimos haciendo durante los últimos días y qué vamos a hacer después. Durante el día recorrimos un poco más las calles y algunos mercados. Es todo bastante diferente a Buenos Aires. Acá casi todos los comercios, puestos de comida, de ropa, y todo lo que sea para vender está ubicado en la calle. Son pocos los locales como los que conocemos nosotros. Son una gran mayoría de puestos callejeros, por lo general con una pulcritud un poco dudosa, que hace que a primera vista las calles no sean del todo agradables, pero más que nada por prejuicio y porque uno puede relacionarlas con sectores más bien humildes de Buenos Aires, como Retiro o Liniers. Pero está bueno superar esa primera impresión y familiarizarse con la cultura local. Los lugares para comer se dividen básicamente en tres tipos diferentes. Por un lado están los puestos callejeros, que son por lo general más económicos y que en su mayoría venden chicharrones y salteñas (que son como empanadas). Por otra parte están los “restaurantes” típicos, que son habitaciones pequeñas con algunas mesas y todo amontonado medio caóticamente en su interior, y cuyo menú está formado casi siempre por pollo frito, y a veces chuletas y salchipapas. El precio sigue siendo económico, y es el lugar donde por lo general comen los lugareños. Y la última opción es la de los restaurantes convencionales, en su gran mayoría pizzerías, que están claramente apuntadas a los turistas, y rara vez uno ve en su interior a alguien propio de la ciudad. Para nuestro cambio sigue siendo barato comer en estos lugares, pero los precios son por mucho superiores a los demás. Tal vez lo más desagradable de Uyuni sea el olor en las calles. No es que se huela constantemente, pero en algunas cuadras en particular uno tiene la sensación de estar en un baño público.


La calle principal de Uyuni, con algunos comercios.

Día 11: Sal hasta el horizonte

3.sep.2010

El amanecer en el salar.


Otra vez tuvimos que levantarnos siendo todavía de noche, en esta oportunidad para ir a ver la salida del sol al salar. Estuvimos unas cuantas horas en ese paisaje infinito de sal. Llegamos a la isla Incahuasi que está en el medio de ese escenario. La isla en realidad es más bien una montaña tapizada por cactus de increíbles dimensiones, por donde estuvimos paseando, y luego compartimos un zafado desayuno que superó todas nuestras expectativas. Después de algunas horas más en el salar sacándonos fotos de todo tipo, emprendimos la última hora de viaje hasta la ciudad de Uyuni, donde nos despedimos de Franco y Anselma. Franco, aprovechando que Víctor y yo somos argentinos, nos pidió nuestras direcciones por si algún día llega a andar por Buenos Aires. Nosotros nos miramos con desconfianza, y en un papel le anotamos datos erróneos, al igual que los números de teléfono.


Vista desde la isla Incahuasi hacia la lejanía del salar.


Mientras estábamos en Tupiza, la italiana que se hospedó con Luciano en el mismo hostel que nosotros, nos dijo que Uyuni era muy chico, que no había nada y que no estaba bueno. Nosotros nos quedamos con esa versión, y cuando bajamos de la camioneta de Franco no nos gustó mucho lo que vimos. Omri, Daniel y Christelle tenían que salir esta misma noche hacia La Paz, así que nosotros dos volvíamos a quedar solos. Al ver que Uyuni no pintaba buena, lo primero que hicimos fue averiguar los horarios de los pasajes para ir hasta Potosí, de modo que tal vez nos convenía viajar durante toda la noche y no tener que hospedarnos acá. Por los horarios de salida de los micros nos convenía ir en el que sale a la mañana para no llegar de noche a Potosí, por lo que tuvimos que conseguir un hospedaje, cosa que no demoró mucho tiempo. Una vez instalados guardamos las mochilas de nuestros amigos en la habitación y compartimos una última tarde con ellos. Recorrimos un poco la ciudad, y mientras más conocíamos más nos iba gustando. Al igual que con Tupiza, el panorama negativo que nos plantearon parece no concordar con la realidad. De hecho no sólo nos quedamos esta noche, sino que nos quedaremos otra más.


Durante una de las primeras caminadas por las calles de Uyuni.


Los cinco fuimos a merendar, estuvimos jugando a las cartas, enseñándonos mutuamente nuestros idiomas, y riéndonos de las extrañas pronunciaciones. Omri y Daniel dijeron que posiblemente en enero vayan a viajar por la Patagonia argentina, y que estaría bueno que de ser así pudiésemos reencontrarnos. Y la verdad que es una linda idea que me gustaría poder llevar a cabo. Llegando a las ocho de la noche fuimos hasta el hostel a buscar las mochilas y acompañamos a los chicos hasta sus micros. Después de compartir todo durante cuatro días y sorteando la barrera idiomática, nos despedimos con un abrazo y con esa idea latente de volver a encontrarnos.


Daniel, Víctor, Omri, Christelle y yo compartiendo
una última merienda juntos, en Uyuni.

Día 10: Quiero retruco

2.sep.2010

Esta mañana salimos a la ruta después de lo que posiblemente fue la noche más fría de todas, y con el comienzo de un día igualmente frío, fuimos a ver el árbol de piedra, que es una roca que fue erosionada en su base pero no en su “copa”. Más tarde pasamos por un par de lagunas llenas de flamencos, al igual que ayer, y por último llegamos a un mirador desde donde puede apreciarse el volcán Ollagüe, que está actualmente en actividad, y se ve desde acá pese a que está cruzando la frontera con Chile. Para terminar el día llegamos hasta donde empieza el mismísimo salar de Uyuni, y vamos a pasar la noche en un hotel que está íntegramente hecho de sal: paredes, piso, mesas, sillas, camas; todo.


El árbol de piedra. Da para mirarlo durante no más de 3 minutos.


Con Víctor nos pusimos a enseñarles a nuestros amigos a jugar al Truco. Resultó bastante complicado, pero finalmente le agarraron la mano y les terminó gustando. Omri no parece haber aprendido hoy porque no sólo entendió rápidamente las reglas, sino que arrancó mintiendo con mucha seguridad desde la primera partida, y hasta ganó. En este momento, mientras yo escribo, están él, Víctor y Christelle incursionando en el Truco gallo. Mucho más no hay para hacer acá. Hay sólo una luz que funciona en lo que sería el comedor. En el resto del hotel había luz hasta hace más o menos una hora, pero se cortó y ya nunca volvió.


El interior del hotel de sal.

jueves, 14 de octubre de 2010

Día 9: ¿Nieve en Bolivia? (parte dos)

1.sep.2010

El paisaje nevado, más que Bolivia parecía de los Alpes.


Sin conocer cómo iba a ser la continuidad del viaje, volvimos a subir al coche y Franco decidió seguir un poco más por el camino para ver cómo estaba más adelante. Anduvimos un buen rato, que de a momentos no presentaba dificultad, y en otros parecía que íbamos a caer por el acantilado, ya que se perdía la dirección de la camioneta. Franco debe haber sentido la presión de que pese a las condiciones climatológicas nosotros queríamos continuar, y así llegamos hasta un punto en que había una subida que prefirió hacer con el vehículo vacío para alivianar el peso. Así que él subió manejando y nosotros a pie, en medio del clima helado. Al llegar a la camioneta nos dijo que el camino seguía complicado, así que él iba a seguir y nosotros tendríamos que caminar unos veinte minutos más. Así hicimos. Luego subimos al coche y continuamos durante un tiempo más.


Franco se alejaba conduciendo la camioneta, mientras que nosotros
tuvimos que caminar por la nieve durante cuarenta minutos.



A medida que avanzábamos, el clima se iba volviendo mas hostil, con mucho viento, aguanieve, y también había más nieve en el camino. Seguimos adelante hasta un tramo en que había una subida que complicó las cosas. La camioneta subía aceleradamente hasta un punto en que las ruedas empezaban a girar en falso, perdiendo estabilidad y sin poder avanzar. Franco volvió marcha atrás unos cuantos metros para tomar envión, en vano. Otra vez más repitió el procedimiento, pero sin obtener resultados diferentes. Por lo tanto bajamos todos para que la camioneta perdiera peso y pudiese volver a intentarlo. Era realmente muy duro de soportar el clima. Pese a que el coche estaba mucho más liviano, no pudo avanzar más de aquel mismo punto en que las ruedas dejaban de responder. Como variante, intentó sortear el obstáculo saliéndose de la huella del camino. Probó varias veces, pero siempre fue lo mismo. Franco nos hizo señas para que volviésemos al auto, y ahí pensé que no iba a quedar otra alternativa que abortar el viaje. Cuando llegamos a la camioneta, vemos a otra que venía en sentido contrario. Ésta frenó donde estábamos nosotros, y gracias a que el conductor tenía un perno necesario para conectar la doble tracción, pudimos superar ese obstáculo.


La camioneta intentando avanzar por fuera de la ruta.


Seguimos viaje, ya bastante más relajados por haber podido superar esa dificultad. El camino siguió complicado hasta un punto en que nuestro conductor nos dijo que ya estaba más fácil, porque pese a que seguía habiendo mucha nieve, ahora debajo de ésta había piedras, lo que daba mejor agarre en comparación al barro por el que veníamos circulando hasta el momento. Hubo algún que otro tramo con complicaciones menores y tuvimos que bajar a empujar para que una de las ruedas se zafase del pozo en el que había caído, pero seguimos adelante y la nieve fue quedando atrás. Ya no se veía ningún rastro de aquella helada blancura, y el paisaje recuperó su aridez habitual.


Anselma poniendo piedras en el pozo donde quedó clavada la rueda.


Más tarde Franco nos comenta que no íbamos a poder ir a ver los géiseres, porque más adelante se iba a volver a complicar el camino. Se notaba que no quería ir para ese lado, y propuso de ir directamente a la laguna colorada, pasando por alto varios puntos del recorrido programado, pero no nos dio una negativa rotunda, sino que dijo que si de todos modos nosotros queríamos visitar los géiseres, que bueno, íbamos a ir, pero dando por supuesto que iban a volver a aparecer complicaciones como las anteriores o aún peores. Consultamos entre nosotros, y de todos modos preferimos continuar. Seguimos por la ruta, cada vez con un frío más intenso, que por suerte dentro de la camioneta no se sentía, y nos volvimos a topar con la nieve, aunque ésta no era nada en comparación con la que habíamos dejado atrás. Avanzamos más, llegamos hasta la laguna hedionda y las aguas termales, donde paramos a almorzar, pero no hubo tiempo para meterse en el piletón con esa agua a 30ºC.


Los géiseres, que resultaron no ser tales sino fumarolas.


Seguimos camino pasando por los géiseres y finalmente llegamos a la laguna colorada, que si bien el color no estaba en sus óptimas condiciones debido al cielo nublado, pudo apreciarse junto a su infinidad de flamencos. De ahí vinimos directamente a un nuevo parador que está muy cerquita de la laguna, donde vamos a pasar la noche. Para pasar el rato les enseñamos a nuestros compañeros de viaje a jugar al Jodete, ya que resulta divertido el intercambio cultural y de costumbres. En este parador también hay otros turistas que están haciendo tours similares al nuestro, y en este momento son las 9:13 de la noche, y ya todos están en sus respectivas habitaciones salvo Víctor y yo, que nos pareció que era demasiado temprano para acostarse. Mañana nos tenemos que levantar a las seis y media para arrancar el tercer día, que dependerá mucho en su desarrollo del estado del clima.


Flamencos reposando sobre la laguna colorada.

Día 9: ¿Nieve en Bolivia? (parte uno)

1.sep.2010

A las cuatro de la mañana sonó el despertador. De verdad que teníamos que arrancar la jornada muy temprano. Durante la noche dormí muy poco, primero porque mi estómago quiso jugarme una mala pasada, tal vez a causa del agua usada en la merienda. Con algunos retorcijones tardé algo así como una hora para poder dormirme. Y después, a las doce y media me desperté casi desvelado, y creo que sólo pude volver a conciliar el sueño durante la última media hora. Siendo todavía de noche y con un clima bastante fresco salimos nuevamente a la ruta. Yendo por el camino en un paisaje montañoso y sin ningún tipo de luz, no podía verse el exterior, pero en un momento Víctor ve algo blanco sobre las piedras que estaban al costado de la ruta: era nieve. La noche anterior, mientras estábamos cenando, Franco nos comentó que se estaba cubriendo el cielo, y que podía llegar a ser que nevara durante la noche. Personalmente no lo creí posible. Nieve en Bolivia y entrando en septiembre, suena como algo ilógico, y más teniendo el cuenta que durante el día había hecho calor. Lo que más me preocupaba era que estuviese nublado, porque de ser así no se pueden apreciar las lagunas verde y colorada, porque dichas tonalidades radican en el efecto que producen el reflejo del cielo y el sol. Pero al levantarnos vi que no había nieve, y que si bien había nubes, estas parecías estar como dispersas, ya que a través de ellas lograban verse la luna y algunas estrellas. Pero al fin y al cabo parece que Franco había tenido razón.


Con Christelle, Daniel, Omri y Víctor a primera
hora de la mañana, y antes de salir a la ruta.



Fue grata nuestra sorpresa al advertir la nieve, ya que era algo fuera de lo común y que podía darle otro encanto al recorrido con paisajes tan áridos. De todos modos sólo eran unas cuantas piedras que se extendían al costado del camino. Seguimos avanzando, y de a momentos se veían pequeños puntitos brillar sobre la huella que estábamos siguiendo. Supuse que sería algún mineral que estaba mezclado con la tierra y piedras de la ruta, que reflejaban la luz de los faros de la camioneta, o podían llegar a ser pequeños trocitos de hielo, lo cual no era absolutamente descabellado, teniendo en cuenta que había nevado durante la noche. Minutos más tarde seguíamos en el camino cuando notamos que el vehículo perdió estabilidad, como si patinara sobre la tierra. Avanzamos poco más, todavía estando en total oscuridad, y al frenar Franco nos comenta que no íbamos a poder seguir con el viaje, porque la ruta estaba congelada. Una de las opciones era volver al mismo punto donde habíamos pasado la noche, y ahí esperar a que mejorase el clima y el estado del camino. O sino podíamos ir por otro trayecto hasta San Cristóbal, alejándonos completamente del recorrido programado, y desde ahí ir directo hasta Uyuni, pasándonos por alto todos los puntos atractivos que queríamos conocer con este tour. Nos quedamos un rato en el auto pensando y deliberando que hacer. Por un lado estaba Franco que prefería no seguir, pero nosotros queríamos conocer los lugares por los cuales pagamos, ya que en caso de suspenderse el viaje no habría reintegro del dinero, porque el inconveniente es puramente meteorológico y no de la agencia. Mientras tanto bajamos de la camioneta, ya que habíamos llegado a las ruinas de un pueblo fantasma.


Completamente asombrado, al bajar de la camioneta y
darme cuenta que sólo había nieve a nuestro alrededor.



Al poner los pies en la tierra nos dimos cuenta de la realidad del asunto: había mucha nieve en el camino. Nuestras zapatillas quedaron completamente tapadas, y la ruta que debíamos seguir ya no tenía ningún tramo de tierra sino que era absolutamente blanca. Esas ruinas en la noche tapizadas con nieve, daban un paisaje increíble, lo cual generaba una dualidad de sentimientos: por un lado la maravilla que se presentaba ante nuestros ojos, y por el otro la incertidumbre de no saber cómo iba a seguir el trayecto.


Junto a Víctor y Omri, soportando el frío en el pueblo fantasma.

Día 8: Hablar in english

31.ago.2010

Ayer a la mañana cuando teníamos ganas de dormir, Alfredo puso la radio a todo volumen, y hoy que teníamos que levantarnos a las siete, reinó el silencio en el hostel. Después del desayuno fuimos para Valle Hermoso, que es la empresa que contratamos para hacer el tour de cuatro días de duración en 4x4, desde Tupiza hasta Uyuni, pasando por varios lugares que por fotos aparentan bastante buenos. El viajecito es tal vez un poco caro, pero creo que de todos modos vale la pena hacerlo, porque supongo que después podemos llegar a arrepentirnos. Así que fuimos para la agencia y ahí nos encontramos con el resto de la tripulación. En la camioneta vamos con Franco, que es el conductor y guía, Anselma, que es una cholita que cumple el rol de cocinera, y como turistas además de nosotros dos están Omri y Daniel, una pareja de israelíes, y Christelle, una chica de Bélgica. Franco no habla nada de inglés, que es el idioma que estamos usando para comunicarnos entre nosotros, así que entre Víctor y yo (él un poco más) estamos haciendo de traductores.


Víctor, Christelle, Daniel y Omri delante de la 4x4, minutos después
de arrancar el tour, en nuestra primera parada para tomar fotos.



En este primer día de viaje conversamos bastante y escuchamos música en la camioneta, y en un par de puntos paramos para mirar el paisaje, sacar algunas fotos y también para almorzar una rica comida. Después de algunas horas de viaje, pasadas las cuatro de la tarde, paramos en un pequeño pueblo con sólo algunas casas de adobe, que hace las veces de parador para la gente que realiza este viaje. Acá tenemos un cuarto con cinco camas. Nos acomodamos, y entre charlas que de a ratos permiten que nos entendamos perfectamente, y a veces con más dificultad, nos pusimos a jugar un juego de cartas de Israel que se llama Yaniv, y después de pasar la dificultad de aprender a jugarlo recibiendo las explicaciones en un idioma que uno no entiende del todo, le agarramos la mano y nos divertimos bastante. A eso de las siete estaba preparada la cena y una hora más tarde ya nos estábamos acostando, porque al día siguiente teníamos que arrancar muy temprano.


El primer día de viaje nos acompañó un paisaje muy árido.

Día 7: Quiero dormir

30.ago.2010

Fue un día bastante tranquilo y ya de antemano sabíamos que no había demasiado para hacer, así que la idea era levantarse tarde, pero fui imposible primero con Víctor sonándose la nariz y tosiendo desde las seis de la mañana, y después del amanecer Alfredo puso una radio a todo volumen, lo cual convirtió en tarea imposible volver a conciliar el sueño. Al mediodía fuimos a otra feria callejera en la otra punta de la ciudad y después, a la tarde, subimos al mirador y recorrimos un poco más las calles de acá. La absoluta paz y tranquilidad de esta ciudad ya están en un borde muy cercano al del aburrimiento: pasamos horas y horas sentados en un banco de plaza, inmóviles, de a momentos charlando, leyendo, escribiendo, o simplemente con la mirada perdida en algún punto alejado.

Como ya hace casi una semana que salimos de Buenos Aires y a partir de mañana vamos a estar incomunicados por algunos días, hoy fuimos a un cyber como para conectarnos un poco a internet, actualizar los blogs, leer y contestar mails y charlar con alguno que estuviese online en ese momento. Pero me terminé yendo con todo el odio encima, porque estuve cuarenta minutos y no pude hacer absolutamente nada de lo mal que anda internet en Tupiza.


Víctor en el mirador de Tupiza, posando para la cámara.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Día 6: Casi dormimos en la calle

29.ago.2010

Las tranquilas calles de Tupiza.


Con la luz del día y a medida que pasaron las horas, Tupiza nos fue gustando cada vez más. La recorrimos casi de punta a punta, tanto de día como de noche, y la verdad que es mucho más tranquila de lo que parece. Fuimos caminando por cualquier calle, no sólo las más transitadas, y creo que no hay nada a qué tenerle miedo acá. No hubo mucha actividad en el día de hoy; lo más destacado es que fuimos a una feria que está instalada en una de las puntas de la ciudad. Pero no es una feria artesanal ni nada apuntado al turismo, sino que es algo bien local. Es como un mercado en medio de la calle, que se extiende por casi dos cuadras, donde se venden principalmente frutas, pero la oferta es bien variada, pasando por ropa, artículos de almacén, de bazar, y también algunas comidas típicas. Nosotros nos compramos unos jugos al increíble precio de un boliviano el vaso (75 centavos argentinos). En el puesto callejero los tenían en unos baldes transparentes, que dejaban ver esos variados colores. Yo me pedí uno de mocochinchi que no sabía que era pero que tenía un color marrón poco tentador: había que arriesgarse. El sabor era mucho mejor a lo que esperaba. Era algo así como el jugo de la ensalada de frutas, pero lo que me dio un poco de impresión fue que la señora que me lo vendió, metió dentro del vaso una cuchara y una especie de esfera amarronada que estaba dentro del balde. Cuando las había visto flotando en el interior del mismo supuse que era lo que le daba el sabor al jugo, pero no me imaginé que la tendría que comer. Al principio me dio un poco de asco porque no sabía que era y tenía una textura extraña y como con minúsculos pelitos como la piel del durazno. Así que supongo que sería alguna fruta de esa familia, aunque mucho sabor no tenía.


Disfrutando de nuestros jugos de mocochinchi y piña, en la feria.


Después de la cena volvimos al hostel, tocamos timbre y como después del tiempo suficiente no tuvimos respuesta, volvimos a tocar. Tampoco pasó nada así que golpeamos la puerta un par de veces y a su vez volvimos a intentar con el timbre. En eso escuchamos que alguien se acercaba desde el lado de adentro, pero cuando la puerta se abre, en vez de ver la cara de Alfredo (el encargado), vemos que era Luciano, un flaco de Buenos Aires que vino en el mismo tren que nosotros desde Villazón, y que se hospedó ahí mismo junto a su pareja italiana. Luciano nos reconoce rápidamente y muestra cierto alivio, al ver que éramos nosotros quienes llamaban insistentemente, y nos dice “el tipo desapareció, no se a dónde se fue”, refiriéndose al encargado. Entramos a la recepción del hostel escasamente iluminada por el resplandor de un televisor prendido, y vemos a Alfredo más cerca del sueño que de la vigilia, tapado por una manta, mientras se levantaba lentamente quedándose sentado en el suelo sobre una improvisada cama. Víctor le dijo “lo despertamos”, a lo que el tipo respondió con unos vocablos verdaderamente inentendibles. Qué groso Luciano que salió de su habitación, posiblemente estando ya acostado, al oír que alguien llamaba a la puerta. Creo que yo no lo hubiese hecho, porque uno supone que el encargado está ahí. Y por otra parte que aparato que es Alfredo. No se le entiende ni la mitad de las cosas que dice, muchas veces habla susurrando, como si estuviese diciendo algo ultra secreto. Para colmo está siempre mascando coca, lo que dificulta aún más su interpretación. Nos contó que es tecladista de la banda parroquial, o algo por el estilo. También es cantautor, por lo cual ganó una postal que vino a mostrarnos esta mañana con todo el orgullo. Creo que es catequista y está en contra de Evo Morales, porque dice que su dios es el demonio, ya que está en contra de la iglesia y los evangelistas. Alfredo se la pasa todo el día de acá para allá dentro del hostel, limpiando los baños, trapeando los pisos, y para colmo a la noche duerme en el suelo por si llega algún hospedado. La peor vida.


El patio interno de Hostel Tupiza, donde nos hospedamos.

martes, 12 de octubre de 2010

Día 5: La primera frontera

28.ago.2010

Dejamos atrás Tilcara y después de tres horas de viaje llegamos a La Quiaca con la idea de no quedarnos en esta ciudad, sino cruzar la frontera a Bolivia lo más rápido posible. Así que dejamos las mochilas en una guardería de equipajes ahí mismo, frente a la terminal, y cruzamos a Villazón, la primera ciudad boliviana, para averiguar los horarios de micro y tren hasta Tupiza, y para comprar pesos bolivianos. Hecho esto volvimos a La Quiaca a buscar nuestras cosas, y luego de hacer los trámites correspondientes a migración, dejamos oficialmente atrás el territorio argentino para entrar a Bolivia.


A metros de la frontera argentina, Villazón nos da la bienvenida a Bolivia.


Si bien el micro salía antes y era más barato, fuimos directamente a tomar el tren, ya que este transporte tenía mejores críticas que el otro. Pero nos tuvimos que clavar una espera, porque el tren tenía casi dos horas de demora, de lo cual nos enteramos una vez que habíamos comprado los pasajes. Nosotros queríamos llegar a Tupiza siendo todavía de día, pero no se pudo por culpa del retraso. Llegamos después de tres agotadoras horas sobre el tren, y a medida que éste iba frenando la ciudad se iba pintando más como un lugar para tener miedo que un punto turístico. Desde arriba del tren vimos que a un par de cuadras de la estación estaba el hostel que me había recomendado Matías, así que fuimos directamente para ahí y nos hospedamos. Después salimos a cenar y a dar un par de vueltas por la ciudad, que empezó a parecernos menos peligrosa. De todos modos habrá que ver con la luz del día cómo se nos presenta el paisaje, ya que Tincho nos lo había pintado “como Purmamarca pero con agua”.


En el tren yendo de Villazón a Tupiza, después
de la agotadora espera en la estación.

lunes, 11 de octubre de 2010

Día 4: Tato y Tilcara

27.ago.2010

Después de desayunar nos tomamos el micro rumbo a Tilcara. El viaje fue corto, pero se estiró por una mina de Tucumán que no paró de hablarnos ni un minuto de los cuarenta que duró el trayecto. Ni bien llegamos a destino fuimos a buscar alojamiento, que no nos costó mucho trabajo encontrar. Ya instalados salimos al pueblo y fuimos directo a la plaza para encontrar a Tato, un compañero de colegio que se convirtió en hippie y se fue a instalar ahí. Fuimos directamente al punto de la plaza donde él tenía instalado un puestito de artesanías en el verano, pero éste ya no existía. Le pregunto a una chica que estaba por ahí si lo conocía a Tato, y me lo señala, ahí a algunos metros. La sorpresa que se llevó al verme ahí fuera de temporada. Nos abrazamos como dos amigos que no se ven desde hace tiempo. Él no sabía nada que íbamos a andar de paso por ahí, y pasar a saludarlo fue el motivo principal por el que llegamos a Tilcara. Me contó que no tiene más el stand de artesanías porque los puesteros de la plaza se unieron para echar a todos los hippies. Así que la municipalidad los obligó a retirarse, y ahora la situación está complicada, ya que no los dejan trabajar. Desde que pasó eso tiene ganas de irse para otro lado, capaz para Bolivia u otro lado, pero ya no piensa en volver a Buenos Aires. De todos modos por ahora la sigue piloteando porque está saliendo con una chica, también hippie, pero que está habilitada como puestera, así que ella se encarga de vender también las cosas que él hace.


Cruzando el puente, rumbo al cerro de la cruz.


A la tardecita nos subimos al cerro de la cruz, desde donde se tiene una buena vista de todo el pueblo, y nos quedamos un largo rato ahí arriba descansando y merendando, mientras disfrutábamos de la tranquilidad y del viento. Más tarde, a la hora de la cena, fuimos a la peña de Carlitos donde comimos bien, y un grupo musical local animó muy alegremente la velada. Lamentablemente me quedé con ganas de despedirme de Tato antes de partir. Cuando todavía había algo de sol habíamos ido a comprar los pasajes para salir mañana temprano rumbo a La Quiaca. Le mandé un mensajito de texto a Tato para ver si tenía pensado andar por la plaza, así lo saludaba, pero nunca recibí respuesta. Supongo que ya me lo volveré a encontrar en algún otro momento.


La cena en la peña de Carlitos.

domingo, 10 de octubre de 2010

Día 3: La bella Purma

26.ago.2010

Después de desayunar y de dar una vueltita por el pueblo, salimos a hacer una de las caminatas dando vuelta al cerro de los siete colores, que es algo que me había quedado pendiente en el verano, cuando estuve por ahí. En un momento nos salimos del camino por un desvío, por simple curiosidad. Más tarde nos dimos cuenta que no era un sendero, sino el surco que deja el agua sobre la ladera de la montaña, pero de todos modos seguimos adelante avanzando. Cada vez el continuar se hacía más dificultoso, pero había que seguir. La pendiente era muy pronunciada y las piedras estaban sueltas e impedían poder agarrarse firmemente, lo que hacía que ante un mal movimiento uno pudiera irse hacia abajo junto a todas esas piedras flojas.


Subiendo el cerro imposible, ya desde le cima aproveché para
sacarle una foto a Víctor mientras recobraba algo de fuerzas.



Llegué a la cima con mucho esfuerzo y casi sin aire, y por un momento Víctor estuvo a punto de abandonar, a tan sólo unos metros del final. Se quedó unos minutos descansando, recostado sobre la pendiente para recobrar algo de fuerza, y después pudo llegar a la cima. El regreso fue un poco más simple, y nos fuimos a almorzar al barcito de nuestro ya casi amigo Tincho. Está muy bueno el lugar, al pie del cerro mirador. Tiene apenas cuatro mesas pero la onda que le pone, la música que suena y el reducido pero rico menú dan ganas de volver.

Después fuimos hasta otro cerro que nos recomendó Tincho que está cruzando la ruta, y desde donde se tiene una vista panorámica del pueblo con todas sus casitas, delante de un fondo protagonizado por el cerro de los siete colores.


Purmamarca desde el otro lado de la ruta.


A la hora de la cena fuimos nuevamente a La Olla Coya, el bar de Tincho. Como se llenó el boliche, para no hacerle perder clientela nos sumamos a una mesa donde estaban una señora y su hija que para mí se parecía a Celeste Cid. Comimos unos papines con queso, y pasamos largo rato charlando con nuestras compañeras de mesa y con Tincho. Él nació en San Salvador de Jujuy y vivió muchos años en Tilcara. También estuvo un tiempo en La Plata, pero volvió a su provincia y se instaló en Purmamarca abriendo ese bar. Ahora se está construyendo un restaurante en Tilcara, que planea abrir para fin de año. Después de la cena fuimos a tomarnos un vino con Víctor para darle cierre a la noche.


Cenando en La Olla Coya. Aprovechamos para retratar el momento
con Tincho y nuestras momentáneas compañeras de mesa.